“…que las mujeres respeten a sus maridos, como si se tratara del Señor, porque el marido es cabeza de la mujer, como Cristo es cabeza y salvador de la Iglesia, que es su cuerpo. Por lo tanto, así como la Iglesia es dócil a Cristo, así también las mujeres sean dóciles a sus maridos en todo. Maridos, amen a sus esposas como Cristo amó a su Iglesia y se entregó por ella para santificarla, purificándola .. santa e inmaculada. En una palabra, que cada uno de ustedes ame a su mujer como a sí mismo, y que la mujer respete a su marido”. En un mundo que no le gusta obedecer, ni leyes ni jerarquías, y que además es egocéntrico, estas palabras de San Pablo son inadmisibles, pero, para el que quiere seguir al Señor entiende que es la manera ordenada y jerárquica en que Dios a dispuesto todo. Si esto se llevara a la práctica cuántos matrimonios y familias se salvarían.
Haciendo la voluntad de Cristo podemos decir con el salmista “Dichoso el que teme al Señor y sigue sus caminos: comerá del fruto de su trabajo, será dichoso, le irá bien”. Si los matrimonios y mayores damos ejemplo, estaremos sembrando una semilla en las nuevas generaciones, y así la levadura del evangelio fermentará en nuestra sociedad.

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